5 nov 2011

Encantado

La estancia era gris, cerré la puerta con sumo cuidado. Entre poniendo mucho cuidado en no hacer ningún ruido. La cama estaba deshecha y la ropa se amontonaba en la silla que había enfrente de ésta. Las puertas de los armarios estaban demasiado silenciosas meciéndose al son que marcaba el cálido aire que entraba por la ventana abierta. Junto a sus cristales danzaba solitaria una cortina, me recordaba a cuando era niño y pasaba mi tiempo sumergido en esas páginas que me abrazaban y decían que me querían.
Era extraño, junto al gris se amontonaba casi sin quererlo un aroma a sangre y lágrimas, a dolor e inexistencia. Pase por delante de una mesa pequeña de trabajo, había un folio con manchas grises como toda la estancia. Lo rocé con mi dedo índice y mis pelos respondieron como frías estacas, recordé aquella paliza después de una noche de fiesta, aquella mujer que me dejó sin motivo alguno, aquel amigo que nunca más me habló, recordé mi miseria. Como movido por la curiosidad continué tocándolo para conocerme mejor hasta que el sonido de una gota caer me despertó, me giré, detrás de un armario y enfrente de la mesa había otra mucho más grande. Allí estaba ella, ella y su gris figura. Se hallaba sentada con la cabeza metida entre los brazos que se apoyaban entrelazados encima de la mesa. Llevaba una preciosa coleta que le deba un aire juvenil a la figura que se adivinaba. Me acerqué y el suelo tembló, extrañado di otro paso y se repitió por segunda vez, un temblor rápido pero intenso como si un corazón roto latiese por última vez. Me acerqué entre esa suerte de latidos y me puse a su lado, lo que vi me dejó sin palabras.
Ensartado con un lápiz y clavado con éste a la mesa estaba su corazón, lleno de tiritas y remiendos. No todo era gris, el corazón era rojo y las gotas recorrían la mea hasta llegar al borde y caían formando un charco de incertidumbre. Me quede mirándolo sin que el mío latiese, a cada movimiento un nuevo latido retumbaba y movía su precioso cabello gris. En la pared, justo enfrente de mi había un papel pegado:
"No soporto este dolor, verte sonreír y no poder acallar esa sonrisa con un beso. No soporto este dolor, ver como me miras y no poder cerrarte los párpados con mis labios. No soporto este dolor, mi corazón es tuyo y siempre lo será, cógelo y vete.
Siempre tuya, Tristeza."

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